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¿Los Militares (de USA) al poder? – III

noviembre 14, 2010

Como he dicho antes, cuando recuerdo a Platón en “La República”, lo que sigue tras nuetra democracía endeble y basada en votantes ignorantes, es una tiranía. Esperemos sea benigna y suave.
¿Miedo a militares mexicanos en el poder? Pues no. Ya me acostumbré a verlos en la calle haciendo las funciones de policía. Y además, el Jaanito de Pakistán decía (alla por 1991)
que en su país funcionaba mejor el orden que imponía un presidente militar para avanzar que el desgarriate y corrupción de un presidene civil.
Eso sí, entre militares extranjeros y militares mexicano, prefiero a los nuestros.

“La ocupación
por René Delgado, Sobreaviso, El Nortel en línea, 13 de noviembre 2010.

Ante el agotamiento de la fuerza policial municipal, estatal y federal así como de la fuerza militar nacional frente a la creciente violencia, dominio y presencia criminal en distintas regiones del país, no hay por qué darle muchas vueltas a la pregunta: ¿qué puede, ahora, ocurrir?

La secuencia lógica es ineludible: viene la ocupación amable –es un decir– del país por una fuerza militar extranjera, con o sin uniforme, que en este caso no es ni puede ser otra que la estadounidense. En esta historia es casi imposible pensar en los cascos azules.

¿Resulta escandalosa tal afirmación? De entrada lo es; de salida, no. Hay manifiestos indicios históricos, geopolíticos, diplomáticos y políticos que en esa dirección apuntan. Por lo demás, el sentido común hacia allá hace voltear.

***

Uno. El indicio histórico continental es claro. El Estado que tanto admira el Gobierno mexicano pero con el cual, absurdamente, le irrita que se le compare, Colombia, tuvo ese curso.

Bajo la sombra de la cooperación, ese país vivió y vive –dice vivió y vive, no sufrió y sufre– esa ocupación militar. De la creciente presencia estadounidense en Colombia se pasó a la instalación de bases militares.

Si los colaboradores presidenciales mexicanos, en verdad, ven en Colombia el modelo a seguir, no pueden ocultar esta parte de la realidad a su jefe, el Presidente Felipe Calderón.

***

Dos. La Iniciativa Mérida, que así se denomina porque al Gobierno mexicano le provocaba urticaria que se llamara Plan Mérida, dada su homologación con el Plan Colombia, toma sus fondos de una partida destinada a Estados fallidos.

La propina de mil 400 millones de dólares trianuales con que Estados Unidos recompensa el esfuerzo mexicano contra los cárteles de la droga –vamos, la guerra contra el crimen–, que le cuesta a México 10 mil millones de dólares anuales, proviene de la Ley de Gastos Suplementarios.

¿Qué otros países están en esa bolsa de Gastos Suplementarios? Pues nada más que Afganistán e Iraq. Pensar que es una mera coincidencia que, ahí, estén los fondos de la Iniciativa Mérida es una inocentada. Están ahí porque conceptualmente Estados Unidos ahí ubica el motivo del gasto que les representa, así sea reducido, la ayuda destinada a la guerra de México contra la droga.

Cuando se comparan las partidas destinadas a Afganistán e Iraq frente a la que se otorga a México, se va uno de espaldas, la diferencia es abismal. Pero no puede ignorarse un detalle: en Afganistán e Iraq la presencia o intervención estadounidense es directa y militar. Hay, pues, un control directo sobre los recursos que a aquellos dos Estados fallidos se destinan.

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Tres. El nombramiento del Embajador Carlos Pascual asombró, en su momento, por su especialidad académica, diplomática y política en Estados fallidos.

Puede creerse que tal especialidad y experiencia nada tuvieron que ver con su designación como Embajador de Estados Unidos en México. Puede pretenderse eso, pero con todas las críticas que se puedan hacer al Departamento de Estado en el nombramiento de sus embajadores, no puede ignorarse que responden a la circunstancia específica de la realidad donde esos embajadores habrán de representar los intereses de Estados Unidos o incidir.

Es una tontería pensar que es una mera coincidencia que el embajador Pascual sepa de reestabilización y reconstrucción de sociedades en transición por conflictos o desacuerdo civil. Es mejor reconocer que, justamente, por esa especialidad y experiencia está aquí.

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Cuatro. La afirmación hecha a principios de septiembre por la jefa del Departamento de Estado, Hillary Clinton, comparando a México con Colombia, que tanta irritación causó aquí y llevó al Presidente Barack Obama a entrar al quite, quizá pecó de falta de delicadeza frente a la susceptibilidad mexicana pero, sin duda, respondió a los informes que la Embajada estadounidense envía a su Canciller.

Clinton dijo que México “se está pareciendo más y más a (sic) como se veía Colombia hace 20 años, donde los narcotraficantes controlaban ciertas partes del país”. Y agregó: “enfrentamos una creciente amenaza de una bien organizada red de tráfico de drogas que está, en algunos casos, transformándose o haciendo causa común con lo que nosotros consideraríamos una insurgencia en México y América Central”.

Sin duda no fueron producto de la imaginación las afirmaciones de la señora Clinton. A los servicios diplomáticos y de inteligencia estadounidenses se les puede atribuir errores de interpretación de la información, pero no en la recolección y provisión información.

Desde luego, el Presidente Obama y el Subsecretario Arturo Valenzuela trataron de suavizar el dicho de Clinton. La diplomacia corrió por cuenta de ellos, el dato político duro por cuenta de la Canciller.

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Cinco. Los daños colaterales de la guerra, que dicen que es lucha, no sólo alcanzan a víctimas civiles nacionales, ya tienen un derrame continental o transfronterizo.

La matanza, explotación y tráfico de indocumentados centroamericanos por parte del crimen organizado mexicano, el frecuente cierre de puentes internacionales con Estados Unidos, los sobrecostos que la inseguridad provoca a la inversión extranjera (y nacional), la imposición de tributos paralelos a los oficiales son fenómenos que hablan de un derrame del conflicto mucho más allá de lo que un Estado sólido puede tolerar.

Aunado a ello, el surgimiento de fenómenos como el éxodo o el surgimiento de “desplazados” por la guerra en territorio nacional advierte que, con o sin aspiración política, el crimen está tomando control o gobierno de distintas regiones del país. No se han recuperado territorios, se han perdido.

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La lógica y los indicios apuntan en la dirección de la ocupación del país por una fuerza militar estadounidense, oficial o no, que intente hacer lo que durante cuatro años no ha conseguido la fuerza policial y militar nacional: replegar y someter al crimen que, en la diversificación de su actividad y dominio, disputa al Estado mexicano facultades y funciones exclusivas.

No hay brizna de deseo en lo que aquí se escribe, pero tampoco ceguera para negar la realidad.

Quizá el desinterés del Gobierno estadounidense por apoyar y ayudar comprometidamente al Gobierno en la guerra contra el crimen, derive de un cálculo frío: dejar madurar la crisis que vive el país y evitar, así, que la ocupación militar se tome como invasión o intervención inaceptable.

Cuanto está ocurriendo hacia allá apunta, que nadie se asombre si sucede, lo que los indicios anticipan. ”  sobreaviso@latinmail.com

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